Google+ Aislado en este planeta: El último pirata

sábado, 15 de febrero de 2014

El último pirata

No es que los piratas ya no existan. Ahora los hay de variado pelaje, son numerosos y aparecen donde quiera, pero el título hace referencia al último de los de antes, de los piratas legendarios y casi románticos, de parche en el ojo, de cuando aún se navegaba a vela y con bandera negra.

La Costa da Morte gallega es tierra de tempestades y de profundos silencios, con sus aldeas asomadas a un mar despiadado que trae el azote de un viento cortante. De allí se cuentan leyendas de piratas de tierra que mediante fuegos engañosos, prendidos en los promontorios de la costa en las noches de tormenta, confundían a los barcos que buscaban puerto para atraerlos a los acantilados donde quedaban varados o con el casco partido contra las rocas. Después la cosa era sencilla pues bastaba con esperar que la marea arrastrara su botín a la playa y si la tripulación sobrevivía, tenía que resignarse o podía acabar de forma violenta.

Pero algún gallego en este afán, llegó más lejos. Es el caso de Benito Soto, nacido en Pontevedra en el año 1805, que comenzó siendo un pescador de bajura y pequeño contrabandista en las costas gallegas. A la temprana edad de 17 años se enroló en el bergantín brasileño El Defensor de Pedro, que viajaba con una "patente de corso" lo cual le otorgaba ciertos privilegios en el mar. Este buque hacía la travesía del Atlántico entre Rio de Janeiro y la costa africana, dedicado al tráfico de esclavos. En su continuo periplo, Soto debió conocer a otros marinos que actuando fuera de la ley, habían ganado mucho dinero rápidamente, abordando y saqueando en al mar a otras naves  y esto hizo cambiar la idea de la vida y de los negocios al joven marinero. 

Al llegar a las costas africanas en uno de los viajes, Soto protagoniza un motín, encabezando a un grupo de marineros a los que ha convencido, apoderándose del barco. Deja en tierra al capitán y a los marinos que no quieren seguirle y se hace a la mar. Para dejar claras las cosas, ordena encerrar a su cómplice en la revuelta, el ferrolano Manuel Ferreiro, un hombre violento que había cuestionado su autoridad, y después lo asesina de un tiro en la cabeza demostrando así una crueldad y sangre fría que le aseguró el respeto de aquella tropa.

A partir de este momento da comienzo la historia del "último pirata del Atlántico". Como capitán de El Defensor de Pedro, Benito Soto se dedicó a surcar los mares destrozando y saqueando todo barco que encontró en su camino, sin distinción de bandera de modo que en pocos meses se convirtió en un pirata temido en el Atlántico.

Su primera víctima fue la fragata mercante británica Morning Star, que volvía a Londres desde la India y fue saqueada y casi toda su tripulación asesinada, incluidas mujeres y niños. Solo se salvaron el capitán y tres marineros abandonados en la bodega del buque a la deriva a punto de hundirse, que lograron taponar la vía de agua, mantenerlo a flote y navegar penosamente hasta la costa.

Tras esta azaña se dirigió al norte, hacia las Azores. En el trayecto, entre otros, se encontró con el Topaz, de bandera norteamericana, que llegaba cargado desde Calcuta, y que fue saqueado y quemado tras ejecutar a la tripulación. Mejor no dejar ni un solo testigo de sus fechorías. Después de ese ataque, El Defensor de Pedro fue pintado de negro y rebautizado por el Capitán Soto como La Burla Negra.

Jean Leon Gerome Ferris, pintor americano, hacia 1920 

Su siguiente víctima se presentó cerca de las Islas Canarias y fue la fragata Sunbury, que fue saqueada y hundida, habiendo sido ejecutados previamente sus tripulantes. Al parecer, su siguiente intento fue fallido ya que el mercante que trataron de abordar los mantuvo a raya con el fuego de sus cañones hasta que cayó la noche y pudo escapar. Varias de las andanadas de ese barco, que algunas fuentes lo citan como el Unicorne, impactaron en La Burla Negra y los destrozos aconsejaron al capitán a poner rumbo a las Azores para reparar.

Esta sería la última fechoría ejecutada por los piratas de Soto a sangre y fuego, ya que sus otras cuatro víctimas pudieron seguir viaje tras ser aligerados de la parte más valiosa de su carga y de las pertenencias personales de los tripulantes.

Pero antes de llegar a la isla de San Miguel dieron cuenta de las pertenencias del Cessnock, barco británico que había zarpado de Escocia y que, para su desgracia, se cruzó con ellos. Con las bodegas repletas de los artículos robados se hizo preciso hacerlos efectivos, por lo que se decidió enfilar hacia España donde poder vender el alijo. Dejando atrás las Azores, La Burla Negra, interceptó al New Prospect, que venía de Londres y para su suerte, pudo seguir viaje hacia Canarias aunque algo más ligero de carga.

El siguiente fue el buque portugués Ermelinda, al que aliviaron de café, seda y añil pero con una violencia más comedida. Aquel mes de abril de 1828, el Atlántico sufrió varias jornadas de tormenta que maltrataron los mástiles y las velas del barco de los piratas. Por suerte para ellos, el día 8 avistaron el Sunbury, que regresaba desde la isla Mauricio y sin demora, le robaron el material que necesitaban para la reparación, además de algunos valiosos efectos personales de los tripulantes.

Sin más contratiempos, días después fondearon en la ría de Pontevedra, donde mediante los contactos de Soto, lograron vender algunas mercancías. Pero la presencia del bergantín en aquel puerto resultaba sospechosa y sus tripulantes aún más, así que levaron anclas y pusieron rumbo al puerto de A Coruña donde prosiguieron con las operaciones de venta de las rapiñas.

Pero una tripulación como aquella, gastando dinero en abundancia, bebiendo en demasía y provocando altercados, no pasó inadvertida en la ciudad. Tres hombres habían sido encarcelados a causa de las reyertas y Soto comprendió que Galicia ya no era segura y zarpó de la ría coruñesa el 19 de abril rumbo al Mediterráneo quizás con la intención de continuar sus andanzas piratas en las costas de Berbería, que por entonces se encontraban infestadas de colegas de profesión o quizás con la intención de retirarse a disfrutar de los beneficios.

El caso es que cuando navegaban cerca de Cádiz, por un error del piloto que creyó que estaban en la costa de Tarifa, Soto ordenó dirigir la proa hacia la playa y el barco embarrancó. El Defensor de Pedro o La Burla Negra, según se prefiera, terminó con la quilla hundida en el arenal de Santa María, con un gran agujero en el casco y con la tripulación, de catadura muy sospechosa, tratando de explicar a las autoridades los pormenores del incidente.

Bergantín de tres palos, similar a La Burla Negra

Benito Soto trató de vender el barco de forma precipitada mientras que los marineros repetían sus días de escándalo en Galicia, con borracheras, peleas y gastos superiores a los que se suponen a simples marineros así que crecen las sospechas y tres días después las autoridades gaditanas detienen a todos menos a Soto, que huye a Gibraltar y a un marinero, que logra embarcar y no se vuelve a saber de él.

Durante dieciocho meses se cruzan infinidad de oficios, declaraciones e informes entre las autoridades de Pontevedra, A Coruña, Londres, Cádiz y Gibraltar. Llegan a Cádiz los tres tripulantes que quedaron detenidos en A Coruña y también llegan a la colonia británica tres de los supervivientes del Morning Star, que reconocen a Benito Soto y se muestran dispuestos a declarar contra los piratas que los asaltaron en el Atlántico Sur.

Por fin, el 19 de noviembre comienza el juicio contra los piratas de La Burla Negra. Catorce días después se dictan las sentencias: doce penas de muerte por ahorcamiento (dos en rebeldía) y tres condenas a seis, ocho y diez años de cárcel. Las mismas penas que había solicitado el fiscal. El ajusticiamiento en la horca tuvo lugar los días 11 y 12 de enero de 1830.

Sólo un día después, Benito Soto se sentaba en el banquillo de los acusados ante el gobernador general de Gibraltar. Como no tenía defensa frente a las declaraciones de sus víctimas, enseguida vio claro el futuro que le esperaba y adoptó una actitud resignada. No obstante, a pesar de la acusación de 75 asesinatos, sólo se declaró culpable de dos muertes: la de Manuel Ferreiro, compañero pirata de las primeras horas de La Burla Negra, y la de un marinero americano del Topaz

Fueron siete días de juicio, y una sentencia anunciada que confirmaba la que pocos días antes había dictado el tribunal español. La sentencia literalmente decía: Ahorcado, arrastrado, descuartizado y sus cuartos expuestos en ganchos a orillas del mar. Así se ejecutó en los días siguientes, sin que Benito Soto llegase a cumplir los 25 años de edad.

Real de a 8, similar a las monedas aparecidas en Cádiz

Pero la historia no acaba aquí. El 3 de junio de 1904, varios operarios se encuentran trabajando en una almadraba situada al final del barrio de San José, en las afueras de Cádiz. Están cavando una zanja para enterrar los despojos de los atunes capturados. De repente, descubren enterradas unas monedas de las llamadas "Ambos Mundos" acuñadas en México entre 1750 y 1755, que recuerdan mucho a los duros vigentes con anterioridad. La noticia se difunde como la pólvora y decenas de hombres, mujeres y niños con palas y cribas se afanan por la playa en busca de las codiciadas monedas que se venden en el acto con sustancioso beneficio. No existe cantidad fiable de monedas encontradas pero se estima que rebasaron las 1.500 piezas. Posiblemente los piratas, acosados por las sospechas cada vez más crecientes, pudieron ocultar apresuradamente parte de su botín en la playa gaditana y tras ser apresados, no pudieron volver nunca más a recuperarlo.

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