Google+ Aislado en este planeta: junio 2013

lunes, 24 de junio de 2013

Un país partido

Desde antiguo, si repasamos la historia, España es un país partido. Las crónicas señalan una constante al parecer insertada en nuestra genética, que nos lleva a polarizar las ideas y actitudes para mantenernos en una eterna disyuntiva: rojo o azul, izquierda o derecha, agramontés o beaumontés, madrid o barsa, monárquico o republicano y así, un sinfín de elecciones excluyentes que añadidas a una terquedad irracional, han hecho correr la sangre en demasiadas ocasiones.


Campaña independentista de símbolos
En el siglo XXI seguimos siendo prisioneros de esa historia, de modo que algunos hechos acontecidos hace 300 años siguen marcando nuestra vida y condicionando la convivencia de los españoles y nuestras relaciones internacionales. En efecto, tenemos dentro de nuestras fronteras un conflicto que se generó en una de aquellas ocasiones en que hubo que tomar partido y ahora es tema recurrente. Lo conocemos irónicamente como "pasión de catalanes", que consiste en las insistentes reivindicaciones soberanistas de Cataluña que aún viniendo de antiguo, quedaron marcadas a fuego en aquella guerra.

La Guerra de Sucesión Española fue la transición dinástica más difícil y complicada que nunca antes habían sufrido los españoles. Esta guerra fue un conflicto internacional que enfrentó al pueblo español por un lado y a los pretendientes al trono por otro. También fue la primera conflagración mundial de la Edad Moderna en la que se vieron involucradas todas las potencias europeas puesto que la cuestión del trono español ponía en juego la hegemonía de los grandes países. 

En 1700, el último monarca de la casa de Austria, Carlos II, muere sin descendencia. Al trono español aspiran por derecho, dos pretendientes con lazos familiares con el rey fallecido:
  • El archiduque Carlos de Habsburgo, hijo de Leopoldo I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
  • Felipe de Anjou, de la casa de los Borbones, nieto de Luis XIV de Francia.
Los aspirantes al trono

Aunque Carlos II designaba en su testamento a Felipe de Anjou como heredero del trono español, Inglaterra temerosa de que Francia acumulara demasiado poder, se alió con Holanda, Portugal y Saboya para apoyar al candidato de Habsburgo. Se iniciaba así una contienda internacional, la llamada Guerra de Sucesión española (1700-1713), que sería al mismo tiempo una guerra civil, pues en el interior de España los apoyos a ambos candidatos también se dividieron poniendo de manifiesto que España mantenía aún en su memoria la división de los antiguos reinos:
  • En Castilla se decidió seguir lo propuesto por Carlos II en su testamento apoyando a Felipe de Anjou; aunque había discrepancias en algunos grupos de la nobleza, temerosos de perder sus prerrogativas.
  • La Corona de Aragón (formada por Aragón, Valencia y Cataluña) había gozado siempre de cierta autonomía, pues mantenía sus propias instituciones y leyes. La posibilidad de que llegase a España un Borbón, dinastía famosa en toda Europa por ser partidaria del centralismo político contrario a cualquier autonomía, provocaba en los aragoneses el rechazo, así que se decantaron por el Archiduque Carlos.
La guerra se desencadenó en Europa en 1700 en varios escenarios dependientes de la Corona española y poco después, el conflicto se extendió por la península con el asedio de Cádiz por los ingleses, en agosto de 1702.


Batalla de Almansa. Oleo de Buonaventura Ligli

Curiosamente, el destino de la guerra no se decidió en el campo de batalla. Aunque los Borbones habían logrado alguna victoria importante, como en la batalla de Almansa (1707), tenían la guerra prácticamente perdida en 1710. Sin embargo, un giro del destino les iba a poner la Corona española en sus manos. En 1711, moría el archiduque austríaco José I, por lo que su hermano el archiduque Carlos heredó el trono imperial. Inglaterra, aliada hasta entonces de los austríacos, no ve con buenos ojos que se concentre en la figura de Carlos, la corona imperial y la española, por lo que se retira de la coalición anti-francesa, facilitando la apertura de negociaciones de paz. De este modo, la corona española pasaría definitivamente a Felipe de Anjou, que pasó a reinar con el nombre de Felipe V.

Finalmente, en 1713 el Tratado de Utrecht pondría fin a la Guerra de Sucesión, al menos en su vertiente internacional. Este tratado es un complejo documento firmado entre España y Gran Bretaña el 13 de julio de 1713, que vino a poner fin a una compleja guerra. A grandes rasgos el Tratado estipulaba lo siguiente:
  • Felipe V era reconocido por las potencias europeas como Rey de España pero renunciaba a cualquier posible derecho a la corona francesa.
  • Los Países Bajos españoles y los territorios italianos (Nápoles y Cerdeña) pasaron a Austria. El reino de Saboya se anexionó la isla de Sicilia.
  • Inglaterra obtuvo Gibraltar, Menorca y el derecho limitado a comerciar con las colonias españolas además del monopolio en el comercio de esclavos.
El Tratado de Utrecht se puede considerar un rotundo éxito diplomático inglés que marcó el inicio de la hegemonía británica durante los dos siglos siguientes.


Mapa de Europa tras el Tratado de Utrecht


En el interior de España, los enfrentamientos continuarían hasta 1714 en Cataluña, cuando las tropas borbónicas lograron conquistar Barcelona en la batalla del 11 de septiembre, y hasta 1715 en las Baleares con la conquista de Mallorca e Ibiza.

A raíz de su victoria, Felipe de Borbón promulgó los Decretos de Nueva Planta, por los cuales quedaron abolidas las cortes, las leyes y las instituciones propias del Reino de Valencia, del Reino de Aragón, del Principado de Cataluña y del Reino de Mallorca, todos ellos integrantes de la Corona de Aragón que se habían decantado por el candidato perdedor, poniendo fin así al viejo régimen de la Monarquía Hispánica de los Austrias. 

El rey Felipe V agradeció al reino de Navarra y a las provincias Vascongadas su apoyo desde el inicio de la guerra, manteniendo mediante una ley, los fueros de estas dos regiones. Navarra mantuvo su condición de reino y sus cortes hasta 1841.

lunes, 17 de junio de 2013

Ha llegado 1984

Una serie de filtraciones al más alto nivel han provocado un revuelo internacional al desvelarse en los últimos días, que los empleados de los servicios de inteligencia de EE UU buscan posibles amenazas terroristas a través del registro de llamadas telefónicas y de la observación del tráfico en Internet.

George Orwell
Lo que ahora empezamos a vislumbrar se acerca peligrosamente al argumento de la novela que George Orwell publicó en 1949, titulada "1984". La novela describe una supuesta sociedad policial donde el estado ha conseguido el control total sobre el individuo. No existe siquiera un resquicio para la intimidad personal, ni para las emociones, ni siquiera para el razonamiento. Solo la sumisión y el amor al sistema permiten al individuo seguir vivo. Todo está en manos del Gran Hermano que ejerce una vigilancia total y manipula la realidad hasta conseguir doblegar el pensamiento, la razón y la voluntad. Los protagonistas de la novela se rebelan contra el sistema, pero tras diversos sucesos que sirven para describir los mecanismos de la dictadura, acaban perdidos en el laberinto.

En este momento el mundo tiene muchos "gran hermano" pero el mayor de todos es la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), un organismo silencioso, mucho más discreto que la famosa CIA o el FBI, hasta el punto de que sus siglas se traducían bromeando como "Never Say Anything" (Nunca digas nada). Se dedica básicamente a la interceptación de comunicaciones mantenidas por extranjeros (y también nacionales), en cualquier lugar del mundo donde llegan sus tentáculos. Cada día capta y almacena 1.700 millones de correos electrónicos, llamadas telefónicas y cualquier otro elemento de comunicación. La NSA tiene su sede actualmente en Fort Meade, Maryland, no lejos de Washington, pero se ha quedado pequeña para la compleja exploración de todas las posibles fuentes de información aprovechables para sus fines, y por ello está construyendo en un remoto rincón de Utah, lo que será la futura sede; un edificio más grande que el Capitolio, y que consumirá más energía eléctrica que la capital del Estado.

La realidad es quizás más abrumadora que la ficción que narra la novela de Orwell. Ese futuro centro de datos digitales tendrá capacidad para examinar todos los correos, mensajes y redes sociales existentes en el mundo. Su capacidad asusta ya que es equivalente a dos millones de discos duros de 4 terabytes (los mayores que se comercializan actualmente), instalados en 5.000 servidores capaces de almacenar cualquier información que circule por las redes de todo el mundo durante años. Y naturalmente, se podrá ampliar si las necesidades lo requieren.

Un monstruo tan voraz se alimenta de llamadas telefónicas, correos electrónicos, mensajes, operaciones bancarias, transferencias de datos, emisiones de radio, páginas web o foros visitados en la red, tickets de aparcamiento, facturas de compras, cámaras callejeras, etc., así como todo el "menudeo" electrónico que se produce en la vida diaria de las personas, como cualquier compra en un supermercado pagando con tarjeta, una descarga de un vídeo de YouTube o cualquier movimiento por sitios de Internet. Además tiene acceso directo a los servidores de las grandes empresas de Internet como Microsoft, Apple, Google, etc. a través del programa "top secret" PRISM, desde el año 2007.

Ante esta demencia desatada, el ciudadano honesto piensa que no tiene nada que ocultar y por tanto nada que temer. Pero se equivoca porque las leyes pueden tener una interpretación paranoica y hechos inofensivos de forma aislada, cuando se combinan pueden dar lugar a interpretaciones descabelladas.

Un ejemplo, que podemos llamar de agregación, es cuando se unen fragmentos de hechos aparentemente inocuos. La información deducida puede parecer reveladora o ser un enorme error. Supongamos que te compras un libro sobre el cáncer. A los pocos días encargas una peluca por Internet y esa misma tarde visitas a un médico pasando un control de seguridad en un hospital. La deducción inducida es que tienes un cáncer y que estas recibiendo quimioterapia con la ayuda de un psicólogo. La realidad, sin embargo puede ser que te gusta documentarte sobre medicina, que vas a asistir a una fiesta de disfraces y que tienes un ligue con un interesante doctor. Estos hechos probablemente no son vergonzosos para nadie pero uno quiere tener el derecho de mantenerlos en privado.

A esto se añade la inseguridad jurídica. Si el gobierno tiene acceso a todos los correos electrónicos que has escrito y todas las llamadas telefónicas que has hecho, es casi seguro que podrá encontrar algo que viola una disposición de los millones de normas, leyes y regulaciones que existen en cada país del mundo. En algo te habrás equivocado y probablemente tengas algo que ocultar, aunque no lo sepas todavía.

No hemos intuido, hasta ahora, que nuestras vidas estarían controladas con tanta minuciosidad como lo están, no sólo por imposición exterior, como detalla Orwell en su novela, sino por concesión propia, ya que exponemos voluntariamente nuestra intimidad a través del uso de dispositivos y sistemas de comunicación que utilizamos de forma inconsciente facilitando todo tipo de información privada.

La gigantesca sede de la NSA en Fort Meade

Lo que de verdad asusta es que existe un elevado porcentaje de ciudadanos en todos los países, que están de acuerdo con vivir bajo permanente vigilancia, porque confían que eso les va a proporcionar mayor seguridad, cuando la realidad es que sus vidas e historias pasan a estar en manos de funcionarios y lo que es peor aún, al alcance de los hackers, que pueden ponerlos al servicio de los más siniestros intereses.

Los gobiernos de los países llamados democráticos, con EE UU a la cabeza, deberían reflexionar un poco más sobre el dilema entre seguridad y libertad personal. Un pueblo obsesionado por alcanzar la seguridad absoluta es un pueblo condenado a la esclavitud mental y a la sumisión irracional, o sea a vivir en 1984.

La novela 1984 se puede descargar gratis de este enlace: 

viernes, 14 de junio de 2013

Pelotazo urbanístico

La corrupción en los círculos de poder es algo tan frecuente que ya no produce ni sonrojo ni extrañeza, pero vamos a desear que no deje de producirnos al menos, indignación. Nadie sabría decir cuándo o dónde comenzó, pero la corrupción seguramente es innata con la condición humana. Está tan extendida que hasta hay una entrada en la Wikipedia con este título: Corrupción urbanística en España y en ella figuran incluso los mapas de distribución de este fenómeno por el territorio nacional. Sin embargo, allí no aparece el caso más importante registrado en la historia de España. Su protagonista fue el Duque de Lerma en el siglo XVII, que utilizando las artimañas vigentes en la época, sorteó a la Justicia y salió impune de la situación.

Felipe III. Plaza Mayor de Madrid
El 13 de septiembre de 1598 fallecía en El Escorial el rey Felipe II y era coronado su hijo Felipe III. La primera media que tomó, fue nombrar a su amigo Francisco de Sandoval y Rojas, por aquel entonces marqués de Denia, valido del rey que era un puesto de confianza por nombramiento directo y que se ocupaba de las cuestiones de Estado. Como el rey estaba preocupado por cuestiones ajenas a la política como el teatro, la pintura o la caza, su valido ejerció como verdadero rey de España, se rodeó de un equipo de gente de su confianza y distribuyó los puestos más importantes de la corte entre miembros de su familia y amigos. Además, en 1599, el rey le otorgó el título de Duque de Lerma.

En su ventajosa situación de cercanía al rey, el Duque de Lerma comenzó a mover los hilos convenciendo al monarca de que sería bueno alejarse de la influencia de su tía y abuela María de Austria, trasladando la corte a Valladolid donde había mejores campos para cazar. Pero la realidad era bien distinta ya que tenía en marcha una jugosa operación inmobiliaria.


Recreación del Palacio de la Rivera
a orillas del Pisuerga, en Valladolid
En 1601 trasladó la corte de Madrid a Valladolid. Su argumento ante el rey fue que lo hacía por alejarle de la influencia de su tía y abuela María de Austria; al rey fue suficiente con decirle que en Valladolid había mejores campos para cazar. Pero la realidad era bien distinta ya que con antelación y manteniendo en secreto el traslado de la corte, el duque de Lerma había comprado varios solares, casas y terrenos en Valladolid que, lógicamente, con la presencia de la corte, supusieron un pelotazo en toda regla. Además tenía posesiones en la zona y amplia influencia en el municipio por lo que también consiguió un generoso donativo del concejo de la ciudad que se veía favorecida al convertirse en capital del Reino.

Pero no terminó ahí la cosa, ya que en 1602 vendió a la Corona una de sus adquisiciones conocida como Huerta de la Ribera, por 30 millones de maravedíes, en la que el rey mandó construir el Palacio de la Ribera, del que apenas quedan rastros hoy en día, que estaba terminado en 1605, año en que nace en Valladolid, Felipe IV, el sucesor al trono. 

Restos del Palacio de la Ribera
Y por último, la jugada perfecta. Puesto que ni Valladolid resultaba una ciudad cómoda para la corte ni Madrid estaba dispuesta a dejarse arrebatar tal privilegio, el duque negoció la vuelta de la corte con Felipe III, tras pactar un sustancioso donativo de 250.000 ducados (unos 93 millones de maravedíes). De esta cantidad se entregó una tercera parte al Duque de Lerma y el resto a la Corona, que lo empleó en el inicio de las obras de mejora del Alcázar madrileño. Además, y en connivencia con el alcalde de la villa, el duque había hecho alguna que otra inversión cuando los precios habían caído en Madrid tras el traslado a Valladolid y que, casualidades de la vida, volvieron a dispararse con el regreso de la Corona. Así que, ¡el pelotazo perfecto!.

Plaza Mayor en tiempos de Felipe III

A su regreso a Madrid continuó amasando una ingente fortuna logrando para la Casa de Lerma nuevos privilegios, títulos, cargos, rentas y territorios, aprovechándose de la incapacidad de Felipe III, más proclive a no complicarse la vida y dedicarse a la caza y las fiestas.

Sepulcro del duque de Lerma
Museo de Escultura de Valladolid
Cuando su entramado de corrupción fue destapado por iniciativa de la reina Margarita, esposa de Felipe III, hubo una investigación de las finanzas que fue descubriendo el entramado de corrupción e irregularidades. Empezaron a caer culpables e implicados, entre otros el valido del duque, don Rodrigo Calderón, que fue ejecutado en la plaza Mayor de Madrid. Ante el temor a ser igualmente juzgado y condenado, y con el fin de estar amparado por la jurisdicción eclesiástica, Francisco de Sandoval utilizó un as guardado en la manga: solicitó de Roma el capelo cardenalicio que se le concedió en 1618, al mismo tiempo que el rey le daba permiso para retirarse a sus propiedades de la ciudad de Lerma donde resultó intocable. Murió en Valladolid en 1625, retirado de la vida pública. Fue el hombre más poderoso del reinado de Felipe III, que se hizo inmensamente rico a costa de saber manejar el tráfico de influencias, la corrupción y la venta de cargos públicos. Un auténtico maestro para los que le habrían de imitar 400 años después.

sábado, 8 de junio de 2013

La batalla de Vitoria

En estos días, la capital alavesa celebra el bicentenario de la batalla que lleva su nombre, con diversos actos y jolgorios. (ver programa). La Batalla de Vitoria se libró el 21 de junio de 1813 entre las tropas francesas que escoltaban a José Bonaparte en su huida de España y un conjunto de tropas españolas, británicas y portuguesas al mando del Duque de Wellington.

Grabado de la Batalla

Curiosamente, la llamada "Guerra de la Independencia" tiene su origen en el tratado de Fontainebleau, una alianza de amistad firmada el 27 de octubre de 1807 entre España y Francia que comprometía a ambas naciones a iniciar una acción militar conjunta para ocupar y repartirse Portugal, que era un país aliado de Inglaterra, el enemigo común desde la batalla de Trafalgar. Una de las claúsulas de este tratado era el derecho de tránsito y de alojamiento de las tropas francesas en España. Aprovechando este derecho, los ejércitos franceses se instalaron en las principales ciudades de España, iniciando una ocupación de facto del territorio español que sorprendió a la débil monarquía española de Carlos IV. Napoleón debió pensar que ya que estamos aquí, nos quedamos, derrocamos a la corrupta estirpe borbónica y la cambiamos por una monarquía ilustrada de ideas renovadoras y que sea capaz de transformar España en un país moderno y sobre todo, aliado de Francia.

Las tropas francesas no fueron mal recibidas ya que llegaron en plan amistoso y además, pagando hasta la última hogaza del pan que consumían. Pero al poco tiempo se cambiaron las reglas con unas nuevas disposiciones que señalaban la obligación de las ciudades ocupadas a proveer a sus expensas, el alojamiento y la manutención de las fuerzas francesas. A esto se añadió la forzada abdicación de la monarquía española en Bayona a favor de Napoleón y el nombramiento del nuevo Rey, José I Bonaparte, hermano mayor del emperador de Francia, lo que indignó enormemente al pueblo español. La explosiva situación se transformó en pocas semanas en una guerra generalizada donde las invencibles tropas francesas empezaron a sufrir graves dificultades. Las fuerzas británicas, que habían llegado a Portugal para contribuir a su defensa, aprovecharon la oportunidad y no dudaron en cruzar la frontera y hostigar a los franceses, no siempre muy de acuerdo con los españoles, que carecían de organización y liderazgo.

Sir Arthur Wellesley
Duque de Wellington
Así que los que ayer eran enemigos pasaron a ser aliados y durante los siguientes seis años, los ingleses con el Duque de Wellington a la cabeza y los españoles liderados por un puñado de valientes como Palafox, Castaños, San Martín y Espoz y Mina entre otros, fueron hostigando al ejercito imperial hasta su desalojo de España a finales de 1813. Uno de los últimos episodios de esta guerra fue la Batalla de Vitoria que puso en fuga a las tropas francesas y al monarca intruso.

La batalla tuvo lugar en la parte occidental de la llanada alavesa en un terreno muy diferente al que conocemos ahora, plagado de polígonos industriales. Los pueblos estaban separados por bosques comunales y los campos de labor, cerrados por tapias de piedra. Había igualmente, numerosos arroyos atravesando caminos y poblaciones. Un terreno poco adecuado para el uso de la caballería, arma poderosa en el ejército imperial.

Francisco Espoz y Mina
El día de la contienda, al amanecer, las tropas francesas estaban acampadas en los alrededores de la ciudad, donde se vieron sobrepasadas por el empuje furioso del ejército aliado. los generales Álava y Wellington lograron en pocas horas hacerse con el control de la ciudad, llegando a caballo hasta la misma plaza de España. La batalla, que tuvo tres escenarios diferentes, se prolongó desde primera hora de la mañana hasta las 8 de la tarde, y se saldó con unas 12.800 bajas entre ambos bandos y con las tropas imperiales huyendo a marchas forzadas a la frontera francesa. José Bonaparte, máximo responsable del ejército ocupante, salió a escape por la calle Portal del Rey. El hermano de Napoleón abandonó todo su equipaje y consiguió llegar a Salvatierra entrada la noche, para en la siguiente jornada seguir con su huida en dirección a Pamplona.

Fue, en cualquier caso, una batalla un tanto atípica, donde las maniobras de tropas fueron sustituidas por asaltos a pueblos o posiciones fijas; también lo fue por su desenlace, con pocos prisioneros, pues la presencia del botín abandonado abortó de raíz el objetivo principal de aniquilar al ejército invasor. Ante el inminente saqueo de la ciudad, el General Álava obtuvo de Wellington la autorización para adelantarse, expulsar a las tropas francesas que todavía permanecían en Vitoria y cerrar los portales exteriores, salvándola del pillaje que sucede a toda batalla.

Tropas inglesas asaltan Gamarra

El general Álava, que procedía de una familia vitoriana noble y militar, ha pasado a la historia entre otras cosas por haber participado en las tres contiendas que marcarían el devenir de la Europa del siglo XIX: Trafalgar (1805), Vitoria (1813) y Waterloo (1815). Miguel Ricardo de Álava fue embajador en Francia, presidente de las Cortes, embajador en el Reino Unido e Irlanda, ministro de Marina y presidente del Consejo de Ministros, entre otros cargos.

Pese a que, gracias a la actuación del General Álava, los soldados no pudieron saquear Vitoria, en esta batalla su recompensa fue inmensamente mayor, puesto que el propio José Bonaparte huyó de la ciudad abandonando todo su oro y sus joyas, incluso su famoso orinal de plata. Además, en las afueras de Vitoria, quedaron atrapados unos 2.000 carruajes de civiles "afrancesados", fieles a Napoleón y repletos de joyas y objetos valiosos. Ante la inminente llegada de sus enemigos, el tesorero real dio orden de abrir los cofres para que los soldados se entretuvieran en la rapiña y esto les dio resultado ya que los aliados, en especial los británicos, abandonaron la persecución de los franceses y se entregaron al reparto del botín. Esta conducta indignó a Wellington y le llevó a escribir en sus memorias: "El soldado británico es la escoria de la tierra, se alista por un trago".

La Guerra de Independencia, solo duro unos pocos meses más y dejó en España un panorama desolador. Además de una guerra contra el invasor, fue una guerra civil que enfrentó a los españoles divididos entre los dos modelos de monarquía que representaban por un lado el absolutismo de los borbones y por otro las ideas de la Ilustración y la división de poderes del estado. Fue una verdadera contrarrevolución encabezada por las clases altas y la Iglesia para defender sus antiguos privilegios, que veían seriamente amenazados por las reformas que proponían Jose I y los afrancesados.

Monumento a la Batalla en la plaza de la Virgen Blanca de Vitoria

La incipiente industria de España quedó destruida y se perdió una gran parte del patrimonio cultural a consecuencia de los saqueos de franceses e ingleses. La agricultura y la ganadería resultaron asoladas por los estragos de los ejércitos y el transporte desapareció ante la falta de animales de tiro. Se extendió el hambre y aumentó la mortalidad en los años siguientes. El estado quedó sumido en una terrible bancarrota de modo que en 1815, la deuda estatal superaba los 12.000 millones de reales, cifra veinte veces superior al PIB de la época.

Creo que en aquella ocasión, en la que el pueblo español vitoreó el regreso de Fernando VII, nos equivocamos de enemigo y el precio que pagamos fue muy alto.(ver ¡Vivan las cadenas!). Perdimos las colonias de América, nos sumimos en un atraso cultural y económico que nos convirtió en un país tercermundista y la población quedó tan fraccionada que se enzarzó, a lo largo del siglo XIX, en sangrientas guerras civiles para hacer prevalecer su posición. Efectos muy nefastos que han llegado hasta nuestros días.

sábado, 1 de junio de 2013

Everest

En estos días se cumplen 60 años de la primera ascensión al Everest, El neozelandés Edmund Hillary se convirtió en leyenda del alpinismo al coronar junto al sherpa Tenzing Norgay la cima del Everest, de 8.848 metros, el 29 de mayo de 1953.

El techo del mundo

Actualmente la cima del mundo ya no es lo que era. El mito romántico de la montaña inalcanzable, se ha convertido en destino turístico, hoguera de vanidades y plataforma de hazañas posmodernas. En estos días sabemos que la ha conquistado un japonés de 80 años que está picado con un nepalí un año mayor que él y que está empeñado en arrebatarle el récord. Han llegado a la cima una mujer india amputada de una pierna, un palestino con dedicatoria política reivindicativa, una joven saudí y otra paquistaní que muestran con orgullo la liberación de las mujeres oprimidas en países islámicos. 

En mayo de 2005, un piloto francés logró aterrizar con un helicóptero Eurocopter, en la cima del monte Everest y en 2006 el neozelandés Mark Inglis, llegó a la cumbre con sus dos piernas ortopédicas. El ruso Valery Rozov, escaló hace unos días, por la cara norte, hasta 7.220 metros para realizar el mayor salto de parapente en caída libre de la historia. 




Cara norte del Everest.
A todos ellos, con el mismo afán de protagonismo, se añaden cada año cientos de personas que esperan su turno en los campamentos base para alcanzar el techo del mundo. A los alpinistas profesionales cada vez se les suman más turistas sin preparación en alta montaña. Los expertos denuncian que estos ascensos se están convirtiendo en un simple negocio con mucho riesgo ya que a la falta de experiencia se suma el hacinamiento en los pasos críticos, en los días en que la predicción del tiempo es favorable. Las tarifas por participar en una expedición, oscilan entre los 40.000 y los 120.000 dólares, lo que constituye un sustancioso negocio para las empresas organizadoras, la mayoría occidentales, que trabajan con la connivencia de las autoridades locales.

El Everest visto desde el Tibet
Entre los más de 600 montañeros que han intentado la hazaña en este mes de mayo, hay un español que ha llegado a la cumbre. Es el aragonés Carlos Pauner, que el pasado miércoles añadió a su palmarés la cima del Everest y se ha convertido en el cuarto español en coronar los 14 ochomiles.

El Everest visto desde Nepal
Muy lejos quedan los tiempos de leyenda de los pioneros, cuando los británicos intentaron la primera ascensión al techo del mundo, en 1924. Tras dos fracasos anteriores de otros miembros de la expedición, George Mallory y Andrew Irvine partieron hacia la cumbre en un último intento de alcanzar la gloria, pero nunca regresaron.

Monumento a George Mallory y
Andrew Irvine en el campo base.
Desde entonces se especula con la posibilidad de que hubieran logrado alcanzar la cima, 29 años antes que Edmund Hillary. El cadáver de Mallory fue encontrado en 1999, a unos 500 metros de la cumbre, pero sus últimas horas siguen envueltas en el misterio. Posteriormente, diversas expediciones han buscado el cuerpo de su compañero Irvine. Este portaba una cámara fotográfica cuyo contenido podría esclarecer definitivamente tanto si llegaron o no a la cima como las causas de que no volvieran con vida de su intento.

Hasta el día de hoy, cerca de 200 cadáveres permanecen en el monte Everest, de ellos, 150 nunca se han encontrado. Los accesos a la cima están plagados de víctimas visibles, más de 40, que han quedado al aire en el punto exacto donde cayeron, por lo que los escaladores, en una tétrica ascensión, van sorteando cuerpos congelados, que se han bautizado con nombres alusivos porque se usan como puntos de referencia en el camino.

Sin embargo, pese a estas dramáticas cifras, la montaña más peligrosa del Himalaya no es el Everest. Con mucha diferencia, es el Annapurna de 8.091 metros, donde encontró la muerte Iñaki Ochoa de Olza en mayo de 2008. El coeficiente de peligrosidad de esta montaña es de 40 fallecidos por cada 100 intrépidos que alcanzan la cumbre. En el Everest esta cifra es sólo del 8 por ciento.

Espectacular vista aérea
El Himalaya encierra una enorme belleza, magníficos episodios de solidaridad y compañerismo, enormes gestas deportivas y también dramáticos sucesos de vida y muerte, por lo que se puede concluir que todas las historias de la alta montaña son poesía en alguna de sus vertientes: épicas, líricas o dramáticas.

(Pinchar en las fotos para verlas a pantalla completa)