Google+ Aislado en este planeta: febrero 2013

domingo, 24 de febrero de 2013

Crónica negra de España (II)

Pilar Prades, la Envenadora de Valencia

Si José María Jarabo fue uno de los últimos ajusticiados en España, mediante el garrote vil, la última mujer que corrió la misma suerte fue Pilar Prades, a la que ajusticiaron el 19 de mayo de 1959, en la prisión de mujeres de Valencia.

Pilar Paredes nació en Bejís, provincia de Castellón en 1928. De muy joven, se trasladó a Valencia y en 1954, encontró trabajo y hogar en la casa de la familia formada por Enrique Vilanova y Adela Pascual, charcuteros con cierto prestigio en la capital del Turia, que regentaban un negocio floreciente, a pesar de las penurias de la posguerra. 

La noticia en "El Caso"
Pilar estaba mucho tiempo sola en la casa y disfrutaba estando en ella, sin más compañía que los lujos que la rodeaban. En sus sueños, se veía como la dueña del hogar, como la señora de la casa y también como la amada de Enrique. La realidad, y Pilar lo sabía, era que ninguno de sus sueños podía hacerse realidad. Paseaba por la casa y un día, mientras los señores estaban en el trabajo, se le ocurrió una solución cuando encontró un frasco. La etiqueta ponía Diluvión, y en letras pequeñas aseguraba que era un remedio eficaz para eliminar a las hormigas.

Comenzó a suministrar pequeñas dosis del brebaje a Adela, en los cafés, en la sopa, en cualquier alimento o bebida que le servía y en poco tiempo, el arsénico del que estaba compuesto el Diluvión comenzó a hacer efecto. Adela comenzó a sentirse mal, a debilitarse, a perder días de trabajo y a permanecer horas en la cama, al cuidado de Pilar.
Enrique llamó a un médico, que reconoció a la enferma, sin poder determinar el origen de sus males. La joven doncella, mientras, daba solícitamente sus medicinas, sus comidas y no la descuidaba ni un momento. Por supuesto, continuaba suministrándole el veneno.

El médico, tras unos días sin saber qué hacer, decidió intentar hospitalizarla, y Pilar, atenta, escuchó como se tomaba esta decisión y se apresuró a incrementar la dosis en los alimentos, para que Adela no llegara al hospital. En pocos días, antes de que se produjera el ingreso, la salud de señora empeoró rápidamente y falleció.

El reconocimiento médico determinó que se trataba de una pancreatitis, y que aunque extraña, la enfermedad no se salía de lo normal, así que Pilar quedó fuera de toda sospecha. Cuando quedó a solas con Enrique, este encontró a Pilar anormalmente tranquila y feliz. Por alguna extraña razón, el viudo decidió abandonar el negocio, despedir a la criada y marcharse de la ciudad. Así que Pilar, lejos de quedarse con el hombre y los bienes de la familia, se quedó sin trabajo y en la calle.

Una mañana, mientras desayunaba en la cafetería de costumbre, se encontró a Aurelia Sanz, una antigua amiga que trabajaba de cocinera en un domicilio de un médico militar, Manuel Berenguer, casado con Carmen Cid. En aquella casa, Aurelia le consiguió un trabajo de doncella.

Aurelia y Pilar comenzaron a salir juntas, a pasear, a bailar, a visitar la ciudad cuando tenían libre. En sus salidas conocieron a un muchacho del que ambas se prendaron. Sin embargo, el chico solo se fijó en Aurelia, para desespero de Pilar. Comenzaron a verse a solas y la joven asesina era testigo en silencio de aquella relación. Ambas comenzaron a distanciarse y la envidia de Pilar se fue tornando en odio.

Ejecución por garrote vil
Su plan volvió a tomar forma. Aurelia comenzó a enfermar, igual que lo hizo su antigua señora. Era el año 1956 cuando el veneno comenzó de nuevo a funcionar. Pero no se limitó a Aurelia, sino que Pilar puso también en su punto de mira a Carmen, la dueña de la casa. El veneno comenzó a hacer sus estragos en Aurelia y el doctor decidió ingresarla en el hospital. Allí, separada de la causa de sus males, comenzó a mejorar, pero el daño ya estaba hecho.

Manuel, mientras, llegó a una conclusión: el mal podría ser envenamiento, ya que su mujer comenzó a sentir los mismos síntomas y lógicamente sospechó de inmediato de Pilar. Comenzó sus indagaciones en el pasado de la joven hasta que dio con Enrique Vilanova, de quien supo que era viudo y que Pilar había trabajado para él. El médico militar presentó denuncia y consiguió la exhumación del cadáver de la tocinera que dio positivo en arsénico.

Inmediatamente, hizo que Pilar abandonara la casa, en previsión de males mayores y llevó al laboratorio una muestra de la orina de Carmen. En esta, halló también el temido arsénico. Ya no cabía ninguna duda; Pilar Prades había envenenado a su antigua señora, a su compañera Aurelia e intentaba hacer lo mismo con su mujer.

La policía registró entonces la habitación de Pilar, y allí escondida entre el ajuar encontraron su botellita de Diluvión. Fue detenida en el acto. Tras treinta y seis horas de interrogatorios, no se pudo obtener una confesión explícita de los hechos.

En el juicio fue declarada culpable y condenada a morir por garrote vil. Fue la última mujer en la que se aplicó este cruel método, a manos del más famoso verdugo del régimen franquista, del que hablaremos a continuación.

El verdugo

Una figura sórdida y sin embargo imprescindible en la administración de justicia del franquismo, fue el verdugo, una categoría de oscuros funcionarios encargados de rematar la faena en ese punto en que casi nadie es capaz de mancharse las manos.

Antonio López Guerra, sería el verdugo encargado de la ejecución de "la Envenenadora", el mismo que dos meses más tarde mataría a "Jarabo" en Madrid. Pero a Antonio nadie le había dicho que tenía que ejecutar a una mujer y se negó en redondo a hacerlo. Prácticamente le tuvieron que emborrachar y llevar a rastras al patíbulo, para que hiciera su trabajo. Esta anécdota inspiró la película "El verdugo" de Luis García Berlanga.

Pepe Isbert en la película "El  verdugo"
Antonio López Sierra, apodado "el Corujo", era natural de Badajoz, donde nació en marzo de 1913. A finales de los años 40, ingresó en el Cuerpo de Verdugos del Ministerio de Justicia. Hasta ese momento había atravesado por multitud de ocupaciones como fueron soldado del ejército nacional durante la Guerra Civil, con posterioridad empleado de matadero, estraperlista, contrabandista y voluntario de la División Azul. También recorría las ferias vendiendo chucherías y haciendo pequeñas estafas, junto con Vicente López Copete, que también fue reclutado como verdugo a la vez que él. 

Al Corujo le enseñó el oficio Bernardo Sánchez Bascuñana, verdugo alegre y sevillano, antiguo guardia civil que le gustaba bailar flamenco, hablar en tono solemne y vestir de capa. Era todo un personaje que recitaba a Bécquer haciendo pasar por suyos los versos, para seducir a las señoras, iba a misa todos los días y murió de cirrosis en Granada, en 1972.

"la máquina"
El primero de los reos ejecutados por López Sierra fue Ramón Oliva Márquez, apodado "El Monchito", de 22 años y que fue condenado a muerte por robo con homicidio y agarrotado en 1952. El verdugo recibió una gratificación de 60 pesetas y el billete de tren por su trabajo. Entre sus ejecuciones más famosas se cuentan la de "la Envenenadora de Valencia" y la de "Jarabo". Su última actuación tuvo lugar en la Cárcel Modelo de Barcelona, donde agarrotó al joven anarquista Salvador Puig Antich, el 2 de marzo de 1974. A Puig Antich le tenía que haber agarrotado su compadre "el Copete", pero no pudo presentarse al estar preso por un delito de estupro. Tal era la catadura moral de estos tipos.

En las vigilias de sus actuaciones, bebía en silencio y no hacía vida social. Guardaba el garrote, al que llamaba "la máquina", debajo de la cama y nadie conocía su oficio en la cantina que frecuentaba. Cuando le salía tarea en algún lugar de España, cogía la maleta y tomaba el tren.

Cuando se abolió la pena de muerte, Antonio Sierra encontró trabajo y hogar de conserje de finca en el barrio de Malasaña, ocupando la portería sin ventanas en la que vivió apuradamente, enfermo del pulmón, calladito y mustio, desaliñado y oscuro, en la compañía de su mujer y de un canario. Murió en 1986, con 73 años de edad.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Crónica negra de España (I)

El Caso
Portada "sangrienta"

Esta es una historia de aquella España en blanco y negro que casi hemos olvidado los que la conocimos. Un tiempo que resulto muy largo y gris, con aquella monotonía y silencio impuestos por el régimen y la mentalidad de la época y que se tornaba negro a la hora de relatar las noticias más truculentas que ocurrían en el país.

Un periódico que se especializó en la narración de sucesos trágicos, fue El Caso, un semanario de cierto éxito, que explotó el morbo de cualquier hecho sangriento en una sociedad en que las mayores emociones pasaban por el logro de comer caliente cada día. Apareció en los quioscos el 11 de mayo de 1952, y hasta su cierre en 1987, se caracterizó por relatar en sus páginas los más variopintos sucesos que iban de un crimen pasional a una aparición extraterrestre, pasando por cadáveres olvidados, atracos a joyerías y asesinos en serie. Hubo historias de gran repercusión que elevaron la tirada de El Caso a cientos de miles de ejemplares pero sobre todas, destacó esta que mezclaba dosis de glamour, dramatismo y sangre.


El Jarabo

José María Jarabo fue uno de los asesinos más fríos y despiadados de la crónica negra de Madrid y de toda España, que elevó la tirada de El Caso a cotas insuperables.

El día 4 de julio de 1959 se le ejecutó mediante garrote vil, en cumplimiento de las cuatro sentencias de muerte a las que había sido condenado. Casi un año antes, había asesinado a dos hombres y dos mujeres, una de ellas embarazada. 

"El Jarabo" había nacido en Madrid en el seno de una buena familia y se educó en buenos colegios de los Estados Unidos. Cosmopolita y hombre de mundo, Jarabo representaba también el prototipo de "crápula", bebedor, jugador, toxicómano, mujeriego y sin escrúpulos. Mientras su familia estaba en Puerto Rico, él dilapidaba la fortuna familiar en juergas, mujeres y drogas.

Corría el año 1958 y España comenzaba a remontar la posguerra, pero para Jarabo los tiempos empezaban a ser difíciles, muy difíciles. Desde el año 1950 en el que había regresado a España, había dilapidado unos 15 millones de pesetas, una fortuna en la época. Ahora, escaso de dinero, con la amenaza de que su familia regresaba a España, lo que hubiese cercenado su forma de vida, y con el chalet familiar de la calle de Arturo Soria hipotecado, los buenos tiempos se estaban terminando. El dinero que su madre le enviaba desde el extranjero no le llegaba ni a la mitad del mes.

La tragedia se precipitó cuando una de sus amantes, Beryl Martin Jones, casada y de nacionalidad inglesa, le comenzó a apremiar para que le devolviese una joya de brillantes regalo de su marido y que esta le había entregado para que Jarabo la empeñase. Al empeñar la joya, en la casa de empeños Jusfer, Jarabo obtuvo 4.000 pesetas, un importe infinitamente menor que el valor de la sortija en prenda. Al intentar recuperar la joya, se encontró con una dificultad añadida a la escasez de dinero; los prestamistas le pedían una autorización de la propietaria por lo que Jarabo tuvo que entregar una carta de su amante que probaba su propiedad, pero que contenía otras declaraciones muy comprometedoras.

Jarabo llevaba una vida social intensa
Sin dinero para recuperar lo empeñado, apremiado por su amante y por las deudas y enfrentado a una situación límite, el sábado 19 de julio de 1958, se encaminó a la vivienda de uno de los propietarios de la casa de empeños, Emilio Fernández Diez. Su intención era recuperar la joya y la carta en la creencia que podían estar en el domicilio del prestamista. Cuando llega a la vivienda le abre la criada Paulina Ramos Serrano, de 26 años que se resiste a franquearle la entrada ante la ausencia del dueño de la vivienda. En un descuido, la golpea con una plancha y la aturdida muchacha no tiene tiempo de recuperarse cuando Jarabo le clava un cuchillo en el corazón que la mata en el acto.

Con posterioridad llega a la vivienda Emilio Fernández a quien Jarabo asesina en el cuarto de baño de un tiro en la nuca que le causa la muerte instantáneamente. La tercera muerte se produce poco después cuando Amparo Alonso, la esposa de Emilio, acude al oír ruidos alarmantes y recibe otro disparo en la cabeza en su propia alcoba. Esta muerte es doble ya que Amparo estaba embarazada.

Jarabo repara en que ha matado a tres personas y que, por mucho que busque en la vivienda, no están los objetos que busca. Aun así se cambia de camisa, dispone la vivienda y los cadáveres de tal forma que de la impresión de que ha ocurrido un crimen de índole sexual y decide pasar la noche en la casa durmiendo sin mayor problema. Su situación es desesperada y solo le queda una carta. El domingo por la mañana se encamina al cine Carretas, un cine de sesión continua, y luego pasa la tarde descansando en la pensión donde reside. Tiene que esperar al lunes para intentar su última jugada con el socio de Emilio Fernández, Felix López Robledo.


Justo en el momento en que López quiere entrar en la casa de empeños que dirige, Jarabo ya está allí esperándole. Sin darle tiempo a nada, le dispara 2 tiros en la nuca matándole en el acto. Entra en la tienda y lo registra todo sin encontrar ni la joya ni la carta. Su suerte estaba echada ese 21 de julio, como declaró con posterioridad.

Aun así, llevó el traje ensangrentado a una tintorería de la calle Orense, cometiendo un nuevo y fatal error. Estaba dejando demasiadas pistas y eso supuso su perdición. En la mañana del día 22 de julio, cuando va a recoger el traje ya limpio, le espera la policía para detenerle. Se habían descubierto los cadáveres de las víctimas y el propietario de la tintorería había sospechado de aquel traje ensangrentado y acudió a la comisaría.

Aquel cuádruple crimen, la brutalidad con la que se cometió, y las circunstancias personales de Jarabo, impactaron a la sociedad española. La condena a cuatro penas de muerte fue entendida como justa en la España de la época y se llevó a cabo mediante garrote vil, el 4 de julio de 1959. Jarabo ostenta el dudoso honor de ser el último ajusticiado mediante garrote vil en España, por delitos comunes.

Tengo otra historia de la época que también dio mucho que hablar y que El Caso reflejó en sus páginas, con gran éxito de tirada. Lo contaré en breve en una segunda Crónica Negra.

miércoles, 13 de febrero de 2013

F de Fraude

Se cuenta una anécdota en la que el marchante Fernand Legros, que fue socio de Elmyr de Hory en su negocio de falsificaciones, llevó a Picasso uno de los dibujos imitados por el virtuoso húngaro para que lo autentificara y, ante la duda, el artista malagueño dijo: "¿Y dice usted que alguien ha pagado por esto 100.000 dólares?. Pues si se ha pagado tanto debe ser mío, claro". O sea, que a Picasso no le interesó comprobar estilísticamente si era suyo o no, con el precio tuvo bastante para autentificarlo. Es lo que está pasando en el arte moderno: "Todo necio confunde valor y precio", como advirtió Machado. Y este puede ser un aforismo que encuentra fácil aplicación en la feria ARCO, que comienza hoy en Madrid.

Pero, ¿quién fue realmente Elmyr de Hory? ¿Cómo llegó a convertirse en el falsificador más importante de todos los tiempos? ¿Por qué el cineasta Orson Welles se inspiró en él para realizar "F for Fake", película-documental de 1973, y hasta la revista Time le dedicó su portada?

Exposición de obras falsificadas
Este genio de la falsificación nació en 1905 en Budapest, hijo de dos ricos aristócratas de origen judío. Decidido a ser artista, se trasladó a París, donde trabajaban entonces Matisse y Derain, y por donde aparecía a menudo Picasso. Como la mayoría de los pintores jóvenes del momento, conoció a todas las figuras de renombre.

La II Guerra Mundial trastocó su mundo. Fue conducido a Alemania y, en un interrogatorio, la Gestapo le rompió una pierna. Trasladado a un hospital en las afueras de Berlín, logró escapar de la manera más increíble: un día notó que la puerta de entrada estaba abierta y se marchó andando de puntillas. Consiguió llegar a Budapest, donde aguantaría oculto hasta el final de la guerra.

Tras el conflicto, volvió a París. Pero ahora era un pintor pobre y ya no era joven. Entonces, una amiga noble y multimillonaria, lady Campbell, se fijó en un dibujo que él había hecho en 10 minutos y lo confundió con un Picasso. Desconcertado, Elmyr se lo vendió. "Fue tan fácil que no podía creerlo. Ni siquiera me sentí culpable, era una cuestión de supervivencia".

Pensó que había encontrado un filón y muy pronto, se dedicó a recorrer Europa vendiendo sus dibujos de Picasso. Tras las penalidades de los últimos años, era maravilloso volver a alojarse en los mejores hoteles, pedir buenos vinos y viajar en primera clase. Cada vez que vendía algo, lo celebraba con Mouton-Rothschild cosecha de 1929.

Elmyr en su taller
En agosto de 1947 se trasladó a Nueva York. A la fiesta de inauguración de su nueva casa estaban invitados importantes figuras del cine y el arte, entre ellos René d’Harnoncourt, en aquel momento director del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Empezó entonces un periplo que le llevó de Hollywood a San Francisco, Portland, Seattle y San Diego. En Texas tuvo un éxito inmediato con los nuevos magnates de la industria petrolífera, ansiosos de cultura inmediata. "Yo era una gran atracción", recordaba Elmyr. "Me gustaba Texas y me gustaban los americanos. Me sorprendía lo generosos y sencillos que eran todos".

Pese a algún pequeño tropiezo, su negocio iba viento en popa. Su colección privada pronto incluyó gouaches, dibujos, acuarelas y pequeños óleos falsos de Matisse, Picasso, Braque, Derain, Bonnard, Degas, Vlaminck, Laurencin, Modigliani y Renoir. 

En los años 50, empezó a vender por correo a museos de arte moderno y galerías de todo Estados Unidos. A menudo, retenían las obras durante varias semanas mientras buscaban asesoramiento de expertos. Pero el resultado siempre era positivo: la obra era auténtica. En todo este tiempo, sólo un par de dibujos fueron puestos en duda.

Finalmente, sucedió lo inevitable. Vivía entonces en Florida, cuando un coleccionista, a quien De Hory había vendido algunas obras, prestó sus dibujos para una exposición que tuvo que ser cancelada porque dos de ellos "no eran originales". Elmyr huyó durante unos meses a México. Después se enteraría de que el FBI había visitado su apartamento, preguntando cuándo volvería.
"A la manera de Matisse"

Fiestas y museos. Por esa época, el precio de sus obras estaba alcanzando cotas astronómicas. Las piezas ya vendidas iban dispersándose y terminaban a menudo en colecciones particulares y museos. En el de Detroit encontró expuesto un Modigliani salido de su mano. En libros y catálogos aparecían piezas suyas. Todo eso empezaba a deprimirle, más que a halagarle. De regreso a Estados Unidos, Elmyr continuó con su vida de siempre. Dio una fiesta a la que fue Marylin Monroe . "Allí abajo, frente a mi puerta, había tres Rolls Royce". Pero empezaron a circular rumores entre los grandes marchantes que advertían "ten cuidado con un amable húngaro de 50 años con un monóculo y un Matisse bajo el brazo". Entonces empezó a falsificar litografías, más fáciles de colocar, y entre ellas, muchas de la serie Tauromaquia, de Picasso.

Tras un intento de suicidio, en 1959, Elmyr decidió huir de América. En sus 13 años allí se había convertido en el falsificador más prolífico y de más éxito de la Historia. Sus obras colgaban en las paredes de museos e instituciones. Había viajado tanto y había utilizado tantos alias, que nadie, ni siquiera los escasos marchantes que habían detectado alguna de sus falsificaciones, estaba en condiciones de imaginar la magnitud de su trabajo.

Un Picasso firmado por Elmyr
Justo entonces, descubrió Ibiza. Unido a dos jóvenes manipuladores, Legros y Lessard, el negocio prosperó más que nunca. En el año 1962, Elmyr asimilaba las técnicas al óleo de grandes pintores, mientras sus socios vendían su obra por París, Nueva York, Chicago, Suiza y el sur de Francia. Al año siguiente recorrieron Río de Janeiro, Buenos Aires, Ciudad del Cabo, Johanesburgo y Tokio. En esta última, Legros vendió al Museo Nacional de Arte Occidental, tres piezas sobre las que el mismo ministro francés de Cultura, André Malraux, fue invitado a dar su opinión y sentenció que "los precios eran muy razonables para unas obras de tal categoría".

El multimillonario Algur Hurtle Meadows, magnate del petróleo y poseedor compulsivo de obras de arte, les compró en dos años quince Duffys, siete Modiglianis, cinco Vlamincks, ocho Durains, tres Matisses, dos Bonnards, un Chagall, un Degas, un Laurencin, un Gauguin y un Picasso. Pero Elmyr apenas recibía unos cientos de dólares al mes, mal y tarde. "Teníamos que mantenerle pobre, explicaría Lessard después, para que siguiera a nuestras órdenes". 

Biografía de De Hory por Clifford Irving
La última etapa de su vida tiene aires de sainete. Sus socios llegaron a pelearse públicamente y terminaron ante los tribunales en varios países. Eso afectó a Elmyr, cuyos trabajos perdieron calidad. Algunas de sus obras despertaron sospechas y pronto el nombre de Fernand Legros empezó a estar comprometido. Tantos escándalos acabaron escamando al magnate texano que pidió el asesoramiento de cinco expertos. La conclusión fue inapelable: 44 cuadros no eran originales. Meadows se convirtió, según un periodista, en "el hombre que posee la mayor colección de falsificaciones del mundo".

"Esto se ha ha terminado", anunció entonces Elmyr, "yo ya he sufrido bastante". Las autoridades españolas habían puesto la vista sobre él y se le abrió una investigación a cargo del Tribunal de Vagos y Maleantes. Le condenaron a dos meses de cárcel por homosexualidad, convivencia con delincuentes y "carecer de medios demostrables de subsistencia".

En los últimos tiempos fue perseguido por estafa en varios países  pero él siempre se defendió diciendo que no había falsificado. Simplemente pintaba "al estilo de..." y de hecho, no firmaba sus obras. De eso se encargaban sus socios. Comparaba la pintura con la música afirmando que no es una falsificación que la Orquesta Sinfónica de Berlín interprete a Bach. Finalmente, todo se serenó y De Hory pudo vivir los últimos años de su vida en relativa paz, en su querida isla de Ibiza, donde se suicidó en diciembre de 1976, ante la amenaza de una inmediata extradición.

Lo más asombroso, sin embargo, es que pudiera engañar a tantos expertos durante décadas. Elmyr, desde los comienzos de su carrera, en 1946, pintó unas 1.000 obras de arte atribuidas a maestros desde Modigliani hasta Picasso. Sólo en la etapa con Legros se calcula que ganó 35 millones de dólares. Y si no hubiera sido por los graves conflictos personales de sus dos socios y vendedores, jamás hubiera sido descubierto.

La película-documental de Orson Welles, se puede ver subtitulada en: 

Fuente documental: Magazine de El Mundo, abril de 2006

jueves, 7 de febrero de 2013

Expolio del patrimonio artístico español

En los dos últimos siglos, España ha sufrido varios episodios dramáticos de destrucción de su patrimonio artístico y cultural. Las guerras, la incultura y la avaricia han sido, como casi siempre, la causa de nuestras penurias.
El primer desaguisado fue perpetrado por las tropas napoleónicas durante la Guerra de Independencia y concretamente por sus generales, que encontraron en España una fuente inagotable de tesoros artísticos para sus colecciones y más aún para sus negocios.

La carga de los Mamelucos. Francisco de Goya
Guerra de la Independencia
A ellos se sumó el propio Napoleón que tenía previsto crear en París, el Museo Napoleónico que albergaría todas las obras de arte saqueadas durante sus campañas por Europa. Numerosas pinturas fueron llevadas allí para no volver. En aquellos años, incontables obras salieron de España hacia toda Europa, pero principalmente hacia Francia. Además, a la rapiña hay que sumar la destrucción sembrada en numerosos conventos, palacios y lugares públicos, como daños colaterales de aquella guerra.

En el expolio colaboraron también los ingleses, aunque en menor medida, robando todo aquello que juzgaron de valor y pudieron llevar consigo. Una manifestación artística que sufrió especialmente fue la orfebrería. Custodias monumentales, cruces procesionales, arcas, cálices, etc., fueron robados, requisados y fundidos por uno y otro bando para transformar en lingotes o monedas los metales preciosos.

Después de la Guerra de Independencia, llegó el período de las sucesivas desamortizaciones del siglo XIX, siendo las más relevantes las de Mendizábal y Madoz. En realidad, tenían un precedente en la expulsión de los Jesuitas de los territorios de la Corona española y la incautación de sus posesiones, decretada por Carlos III en 1767. La desamortización pretendía la formación de una propiedad coherente con el sistema liberal, es decir, la instauración de la propiedad libre, accesible para todas las capas sociales. Consistió en poner en el mercado, previa expropiación forzosa mediante subasta pública, las tierras e inmuebles hasta entonces en poder de las llamadas "manos muertas", es decir, la Iglesia Católica o las órdenes religiosas que los habían acumulado a través de donaciones y testamentos, así como otros bienes improductivos en poder de municipios o particulares.

Uno de los objetivos de la desamortización era permitir la consolidación del régimen liberal creando con los nuevos propietarios una nueva y amplia burguesía de clase media afín al régimen. Sin embargo no se consiguió este objetivo, ya que la mayoría de las adquisiciones se realizaron por la aristocracia y los grandes propietarios capaces de reunir el capital necesario para la compra de los bienes más importantes. Esto fue especialmente significativo en el sur de la península donde se formaron enormes latifundios.

El monasterio de Leyre fue una víctima
de la desamortización de Mendizábal
Otra consecuencia de la desamortización la sufrieron numerosos campesinos, que se vieron privados de unos recursos básicos que contribuían a su subsistencia (leña, pastos etc.) provenientes de los bienes comunales de los municipios, que fueron vendidos a particulares. Esto acentuó la tendencia emigratoria de la población rural que se dirigió a zonas industrializadas del país o a América, fenómeno que se extendió hasta bien entrado el siglo XX.

En el aspecto cultural, muchos cuadros y libros de los monasterios fueron vendidos a precios bajos y acabaron en otros países, pasaron a engrosar los fondos de las bibliotecas públicas y museos o fueron a parar a manos de particulares, que sin tener noción del valor real de los mismos, los dispersaron o se perdieron para siempre. Numerosos edificios de interés artístico, como iglesias y monasterios, quedaron abandonados y cayeron en la ruina. Otros en cambio se transformaron en edificios públicos y fueron conservados como museos u otras instituciones, contribuyendo a la transformación urbana de pueblos y ciudades. En esta época se pasó de la ciudad conventual, con grandes edificios religiosos, a la ciudad burguesa, con construcciones de más altura, ensanches, avenidas y nuevos espacios públicos. Los antiguos conventos se transformaron en edificios públicos, museos, hospitales, cuarteles y parroquias.

Desde el punto de vista del medio natural, la desamortización puso en manos privadas, millones de hectáreas de montes, que a falta de una conciencia medioambiental, acabaron siendo talados y roturados, causando un inmenso daño al paisaje español que aún hoy es perceptible, a pesar de los esfuerzos de reforestación que se han llevado a cabo desde hace setenta años para compensar aquellos destrozos.

Claustro del Monasterio de Sacramenia
reconstruido en Miami
En el siglo XX, se produjo un nuevo expolio de nuestro patrimonio, esta vez mediante la venta fraudulenta e ignorante de numerosas obras, incluyendo edificios completos, que fueron a parar a manos de coleccionistas y millonarios, principalmente americanos. Hay un personaje imprescindible en esta época: Arthur Byne, un licenciado en arte que se presentaba como arquitecto. En las dos décadas que vivió en España, de 1915 a 1935, desmanteló decenas de iglesias, palacios y conventos, que compró ilegalmente y trasladó a Estados Unidos, piedra a piedra, para atender a su selecta clientela de millonarios maniáticos por el arte. Robó, engañó, sobornó y consumó el mayor saqueo conocido del patrimonio arquitectónico español.

Resulta difícil imaginar cómo monasterios enteros salieron de nuestro país sin dejar rastro. Un ejemplo lo constituye el Monasterio de Sacramenia, en el norte de Segovia, que estaba en manos privadas desde la desamortización. Sus dueños lo vendieron en 1925, a través de Byne, al magnate de la prensa norteamericana y coleccionista de obras de arte William Randolph Hearst, incluyendo en el lote el claustro, la sala capitular y el refectorio de los monjes. Se desmontó completamente y fue embalado en cajas numeradas. Así llegó a la estación de Peñafiel, y de allí fue trasladado en ferrocarril hasta Valencia, en donde se embarcó hacia Estados Unidos con un permiso de exportación del Ministerio, en el que se indicaba que eran materiales de construcción. Actualmente el monasterio reconstruido se encuentra en Miami y se destina a la celebración de bodas y banquetes.

Reja de la Catedral de Valladolid
en el Metropolitan de Nueva York
Otros casos igualmente escandalosos de expolio y fraude son el Palacio de Vélez Blanco, Almería, que se encuentra en el Metropolitan Museum de Nueva York; los sepulcros del duque de Alburquerque, cuya parte principal se conserva en la Hispanic Society of America de Nueva York; la colección del conde de las Almenas, que terminó subastándose en Nueva York en 1927; el techo de la Casa del Judío, de Teruel así como otros artesonados de estilo mudéjar; el castillo de Benavente, del que se vendieron capiteles, columnas y puertas al millonario norteamericano Hearts. También se encuentra en Nueva York, la reja de la catedral de Valladolid, que se puede ver en la actualidad en el Metropolitan. El museo justifica su tenencia en un cartel explicativo que indica que, tras la reforma de la catedral en los años 20, la reja "ya no era necesaria". Hay muchos más casos de inmuebles y millares de otros objetos artísticos y antigüedades que harían la lista interminable.

Y para rematar la faena, llegó el período republicano y la Guerra Civil española. Este fue un tiempo triste de olas de violencia anticlerical que se dieron al comienzo de la Segunda República y también en los primeros días que sucedieron a la rebelión militar del 18 de julio de 1936, que se materializaron en más de un centenar de edificios pasto de las llamas, a los que se añaden los que fueron destruidos en bombardeos y explosiones. 

Aunque pueda parecer sombrío el panorama descrito, la realidad es que en España tenemos, junto con Italia, el patrimonio artístico más importante de Europa, distribuido por todo el territorio. Si además hay obras españolas diseminadas por el mundo, estas son nuestra mejor embajada y un buen reclamo para atraer visitas a nuestro país.

viernes, 1 de febrero de 2013

La carretera del Atlántico

Noruega se asoma al Atlántico a través de 2500 kilómetros de una costa tremendamente accidentada, plagada de islas y con enormes entrantes del mar en la tierra que son los famosos fiordos. Aunque Noruega tiene una población escasa (unos cinco millones en todo el país), la costa está bastante habitada ya que cuenta con un clima relativamente templado debido a las corrientes oceánicas que llegan del sur. 


Vistas espectaculares








La carretera del Atlántico (Atlanterhavsveien, en noruego) es una espectacular vía que discurre por la costa de Noruega y va saltando de isla en isla, en un recorrido fantástico a través de puentes que se retuercen sobre el mar haciendo auténticas piruetas. Por la belleza de los parajes, no es casualidad que esta carretera sea el segundo destino turístico más visitado en Noruega. 

La carretera saltando islas
Su construcción empezó en 1983 y estuvo marcada por la lucha contra la meteorología de la zona central de Noruega, cercana al círculo polar ártico. Durante los seis años empleados en las obras, se registraron varias tormentas con categoría de huracán. La ruta discurre entre las poblaciones de Kristiansund y Molde, en la región de Hustadvika. Son casi nueve kilómetros de recorrido construidos sobre varias islas pequeñas e islotes, y están conectadas por varias calzadas y viaductos que incluyen ocho puentes sobre el océano. El hito principal de la carretera es precisamente el puente de Storseisundet, el más largo de todos, con 260 metros, que realiza una curva espectacular. Sus forma abovedada con 23 metros de altura, no son un capricho del arquitecto, sino que sirven para que barcos de gran tamaño puedan hacerse a la mar con independencia del nivel de la marea. 

Circulando en la tormenta
Tal es la importancia de esta carretera que los noruegos la eligieron como "la construcción del siglo" en su país y el diario inglés The Guardian la seleccionó como uno de los mejores viajes por carretera del mundo.

Puente de Storseisundet
La carretera se encuentra en la zona de los fiordos occidentales, y en determinadas épocas del año, desde ella pueden llegar a avistarse focas e incluso ballenas. La pesca es uno de los mayores atractivos de la zona, hasta el punto de que son muchos los que pescan en los puentes de la carretera, circunstancia por la cual se debe tener cuidado al conducir.

La belleza del paisaje es impactante en una combinación singular de mar y montaña que, sobre todo en verano, justifica incluir esta ruta en un viaje al país nórdico. Sin embargo en los meses otoñales las tormentas pueden llegar a ser un fenómeno impresionante con vientos que pueden alcanzar velocidades peligrosas y el invierno, con la abundancia de nieve y la falta de luz, puede hacer que el viaje por estas latitudes resulte complicado.

A la orilla de un fiordo
Para recorrer la carretera lo mejor es llegar hasta Molde y de ahí tomar la carretera 64, que es precisamente la Atlanterhavsveien. El viaje desde la histórica ciudad de Bergen a Molde tiene 450 kilómetros, recorriendo toda la zona de los fiordos, sin duda una "road trip" increíble.

La carretera del Atlántico continúa desde Averøy a Kristiansund mediante un túnel de peaje bautizado como Atlanterhavstunnelen , es decir, "túnel del Atlántico". Casi seis kilómetros por uno de los túneles más profundos del planeta, ya que llega a discurrir a 250 metros por debajo del nivel del mar. La construcción comenzó en 2006 y el túnel se abrió el 19 de diciembre de 2009, completando así este singular recorrido costero. 

Kristiansund 
En este vídeo puedes hacer el viaje a través de la carretera del Atlántico en un medio de una tormenta otoñal.